En algún lugar de un gran país olvidaron construir un hogar donde no temen a la hoz y al votar no haya que morir. En un país donde la ignorancia reina en el trono despojado a la memoria, en un país en el que llaman “combatientes” o “guerreros” a bufones televisivos, en un país en el que la mitad de su población cree que una ex vedette sabe más de economía que la propia comunidad económica científica, en un país así: no es de extrañar que se continúe llamando democracia al fujimorismo, tomando al terrorismo político como verdad, alabando al diablo como un Mesías, etc. La prostituida prensa les ha mostrado a un “Camarada Castillo”, producto del bestiario fujimorista. En su desesperación acudieron a alguien a quien, realmente, no entendían. En un país como el que he descrito se cumple el viejo adagio: quien no conoce su historia está condenado a repetirla.
Hace algunos días se informó sobre el pedido de intervención de las Fuerzas Armadas para desbaratar los resultados electorales: esto es un conato de Golpe de Estado. Aquellos que aboguen por este medio están cometiendo—como lo ha mencionado el actual presidente Sagasti—actos de sedición contra el Estado Peruano, pues es sobreentender que ha existido manipulación de parte de los órganos estatales para favorecer a un partido político. El fujimorismo es, como lo ha señalado César Hildebrandt, una legión que concentra todo el poder, no admite espacio para la oposición, es por definición un autoritarismo, no escucha y no espera consejos de los diversos sectores. Hará lo que sea para obtener y acumular el poder: incluso engatusar a un Ejército, en pro de su dictadura. Este pedido de ex altos mandos de la milicia para fungir de golpistas, ¿es un llamado a una Golpe de Fuerzas Armadas o un intento de formar nuevos grupos paramilitares como las FARC del vecino país, Colombia, o como el mismo encarcelado Grupo Colina? ¿Si ocurrió antes, por qué no puede volver a pasar? Tal vez pretender seguir el camino nazi, partido político que, una década después de su fallido intento de Golpe de Estado, conocido como el Putsch de Múnich, arribó al poder.
Este aparato militar no es el primero que utiliza el fujimorismo. Para la generación del bicentenario es casi desconocida la terrorífica historia del Grupo Colina. Así es, hace tres décadas este grupo paramilitar perpetró las matanzas y masacres más atroces en su desbandado camino por ultimar a mandos senderistas. ¿Qué tiene que ver esto con la coyuntura actual? “Quizá la única lección que nos enseña la Historia—señala el filósofo Aldous Huxley—es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la historia.” Son crímenes de lesa humanidad por los que permanece, aún, preso el expresidente Alberto Fujimori, no porque hubiera jalado el gatillo, sino porque el partido fujimorista (parte de la cual aún sobrevive por entre las filas de Fuerza Popular) habría mandado planificar y ejecutar las masacres de Barrios Altos y la Cantuta. ¿Estamos acaso ad portas de la creación de estas entidades o de intentos de derrocamiento del Gobierno por parte de nuestras Fuerzas Militares?
¿EN QUÉ MOMENTO SE JODIÓ EL PERÚ, SEÑOR VARGAS LLOSA?
¿Debemos, acaso, esperar ataques a periodistas y ciudadanos que no sirven de vasallos del fujimorismo? Como sucedió ya en el historial del partido naranja, que en el siglo anterior puso en marcha el Plan Bermudas, un plan conspiratorio gestado durante el gobierno de Alberto Fujimori como una manera de deshacerse de los periodistas opositores a su gobierno, de los que César Hildebrandt era el más destacado. A los defensores de la supuesta “libertad”, os digo: No hay libertad verdadera si cunde el miedo. En palabras de Séneca a Nerón: Tu poder radica en mi miedo: ya no tengo miedo, ergo, tú ya no tienes poder”.
Deberíamos preguntar al Nobel peruano, protector acérrimo del liberalismo, la mima interrogante que se hace Santiago en su egregia Conversación en La Catedral: ¿en qué momento se jodió el Perú? Señor Vargas Llosa, humildemente, le digo que si usted viviera—si lo viviera en “carne propia”— en esta Nación dividida hace ya varias décadas, su fe sería distinta. Pues, este Perú se sigue jodiendo con el discurso de odio: ¿en qué momento pasamos a pensar que sólo hay dos tipos de personas? ¿en qué momento el Perú se fragmentó los fujimoristas y los terroristas comunistas, quienes, según la candidata de su preferencia, son, simplemente, el resto? Yo no creo que el marxismo-leninismo sea la respuesta. Pero, jamás promulgaría el libreto fujimorista de los noventa, expuesto en palabras del teniente de la película de Francisco Lombardi: ¡O están conmigo o están contra mí!
Esta generación que se emponzoña con lío ajeno, que se ofende por todo, que grita antes de leer, que protesta antes de acusar, es una maquinaria que los más astutos están viendo azuzar a su favor. Son muchos de estos jóvenes, aquellos que sólo vivieron las dos últimas décadas, la misma vigorosa multitud que salió a calles en contra de Merino, la misma que ahora encumbró a la casta fujimorista. Pues, ellos no han sufrido la autocracia, la esterilización forzada, el autogolpe del 92, la corrupción fujimontesinista, la expropiación de los bienes del Perú: durante el decenio fujimorista la mayoría de transnacionales se instalaron en los ricos inmuebles del país. O por qué cree, usted, lector mío, que todas las empresas que prestan servicios en Machu Picchu son extranjeras.
Albert Camus, en el Mito de Sísifo, ante el desconcierto del hombre frente al entendimiento del absurdo, recuerda al filósofo: «El arte y nada más que el arte —dice Nietzsche—. Tenemos el arte para no morir de la verdad.» Como lo he dicho en artículos anteriores, las redes sociales nos han salvado de la dictadura más corrupta del mundo. Es por ello que, a pesar la precaria campaña de Castillo, el terrorismo naranja no ha podido prosperar, se ha desacreditado sola la prensa vendida debido a su notable parcialidad. Su problema no fue apoyar a un candidato, su problema fue la falta de sutileza. Es verdad que la prensa ya no tiene la credibilidad de antes, en el pasado, no teníamos acceso a un cúmulo de información ni—lo que es más importante—el poder de debatir, acusar, leer y exponer nuestras ideas y posiciones e interactuar entre nosotros, desde discursos simples y pasionales hasta análisis sistemáticos de la coyuntura política, de forma rauda, a un clic de distancia.

LA CONSTITUCIÓN DEL 93: USANDO LAS GEMAS DEL INFINITO PARA DESTRUIR LAS GEMAS DEL INFINITO
La lógica fujimorista para anular votos del Perú profundo es comparable a decir que si la rueda se pinchó hay que deshacernos de todo el camión. Ante la negativa del Jurado Nacional de Elecciones de hacer válido la nulidad de las actas. Veamos qué es lo que dictamina la Constitución del 93, instalada y redactada por el autócrata Fujimori, luego del autogolpe, misma que con tanto afán “desean respetar” la bancada naranja. Sin hacerla muy larga para el lector:
Artículo 184°.- El Jurado Nacional de Elecciones declara la nulidad de un proceso electoral, de un referéndum o de otro tipo de consulta popular cuando los votos nulos o en blanco, sumados o separadamente, superen los dos tercios del número de votos emitidos.
Por supuesto que esto ni está cerca de lo que ha ocurrido. Por si fuera poco, tratar de anular las actas en mesas de sufragio por simples irregularidades es una completa incoherencia. No lo digo yo, aunque esto es evidente. ¿Sabía usted, lector, las condiciones para que se declare la nulidad de la votación realizada en las Mesas de Sufragio? En el inciso b, del artículo 363, de la Ley Orgánica de Elecciones se especifica que esto procede: “Cuando haya mediado fraude, cohecho, soborno, intimidación o violencia para inclinar la votación en favor de una lista de candidatos o de determinado candidato.” El fraude que alega el terror naranja ni siquiera se ha demostrado en ninguna instancia, para que se anule debe haber una ilegitimidad demostrada. Para que exista fraude, como diserta el sociólogo sanmarquino, Fernando Tuesta, los órganos electorales deben estar comprometidos en esta operación ilícita, cuestión que ya ha sucedido en anteriores sufragios, no en la actual. Es una irrisoria falacia, pues, como lo reconoce la célebre periodista Rosa María Palacios: para que exista el fraude debe avizorarse éste antes, durante y después del proceso de sufragio, lo cual no caracteriza a este fenómeno del que acusa la bancada fujimorista. Tal vez es hora que Lourdes Flores Nano dé un paso al costado y diga, con su verbo tan florido del 2010: “métanse la Constitución al poto”.
Esta deslegitimación y hostigamiento de las Instituciones electorales no es novedad en Latinoamérica, en México, apenas el pasado abril, el partido político Morena, el partido en el Gobierno acosó al Instituto Nacional de Elecciones por no admitir la candidatura de aspirante a diputados, un acto que puede calificarse de Terrorismo de Estado.