Opinión | Rosado: la incómoda piedra en el zapato, por Carlos Bolaños

Mandiles utilizan desde hace mucho tiempo zapateros, carniceros, panaderos, soldadores, herreros y, si de trabajos especializados se trata, médicos, enfermeros, chefs, ebanistas, pintores, etc. Y a nadie le ha llamado la atención que esos hombres se pongan esa indumentaria; como tampoco debería llamar la atención que se hayan puesto, momentáneamente, esa misma prenda los altos mandos militares, en el marco de una campaña emprendida por el Ministerio de la Mujer en el sector de las Fuerzas Armadas para evitar la violencia contra la mujer, salvo un pequeño gran detalle: ¡el color rosado!

Vencida la primera resistencia de la crítica sobre el uso de esta prenda por parte de los aludidos en la mencionada campaña, surgió otra con el criterio: “hubiera sido de cualquier otro color”. Y es cierto, pues aparecieron imágenes de escenas pasadas en las que había militares utilizando un mandil blanco para tareas culinarias, y a nadie se le ocurrió hablar de “mariconada”.

Entonces, tenemos que el “rosadito” es el causante de toda una polémica nacional, en la que el machismo, en nuestras diferentes generaciones, ha salido a expresarse abiertamente y,  a pesar de encontrarnos en un nuevo siglo, todavía tenemos la polémica participación de las mujeres condenando este hecho, como en el pasado;  a pesar de que el beneficio de la campa son precisamente ellas.

Dejando de lado discusiones bizantinas sobre el cuestionamiento al color que la sociedad ha estereotipado como femenino, tenemos que reconocer esa piedra en el zapato que no nos permitirá seguir avanzando como sociedad, y como muchos opinan, es el sector educación en el que se tiene que romper esos tabúes o parámetros mentales.

Han de pasar todavía muchos años para que todos entiendan que el color de una prenda no puede afectar la orientación sexual de una persona. Que determinados colores sean de preferencia de ciertos grupos sociales, no tiene por qué afectar la libre elección de otros.